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A la orilla de un río una tortuga dialogaba con una iguana, de pronto la charla fue interrumpida por la presencia de un escorpión negro quien luego de un saludo formal dijo a la tortuga: “¿me puedes ayudar? Necesito con atravesar el río, pero como no sé nadar, te ruego me lleves sobre tu caparazón, ya que eres muy buena nadadora”.

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La iguana, con disimulo le hizo señas a su amiga para que no aceptara la peligrosa oferta. –Estimado escorpión: no puedo hacerte el favor estoy ocupada con mi amiga, tratando un problema familiar –contestó con amabilidad la tortuga. El escorpión insistió en su propósito con un sólido argumento: –Vamos tortuguita no seas negada.

Acuérdate del sabio refrán que dice: “Hoy por mi mañana por ti”. Si no sirves al prójimo, ¿cómo quieres luego que los demás te sirvan? La ingenua tortuga, al escuchar los hábiles argumentos que el escorpión esgrimía, entró en una terrible indecisión y dijo: –Lo que sucede es que me da temor llevarte sobre mis espaldas, no vaya ser que me piques cuando estemos atravesando el río.

–Entiendo tu temor, tortuguita, sé que soy feo y de aspecto temible, pero no soy estúpido. Sería el más bruto de todos los animales si te clavara el aguijón en medio de las aguas y nos ahogamos los dos. Deja ese miedo infundado y llévame al otro lado del río. Siempre viviré agradecido por este favor. La iguana, desde la rama, le hacía señas para no aceptara la peligrosa aventura.

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–Además, tortuguita linda –continuó alabando el escorpión– tu buena acción va a tener eco aquí en la selva. Todos se enteraran y serás respetada hasta por los cuervos. De esta manera el arácnido arengó al quelonio y llegó un momento en que pudo más la lógica que el miedo y la tortuga decidió ayudar a su amigo.

Y… ¡zápate!.. Preciso, cuando iban en la mitad del río el alacrán clavó su ponzoña en la cabeza de la tortuga. –¡Animal estúpido! –exclamó la tortuga—cómo me chuzas aquí en la mitad de la corriente. ¿No te das cuenta que ahora nos vamos a ahogar?…La tortuga sintió que la vista se le nublaba y que sus piernas se le volvían como de gelatina. Perdió sus fuerzas y el agua la arrastró río abajo.

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El escorpión, antes de ahogarse, sacó la cabeza y exclamó: –¡Perdóname, tortuguita, no hay mala intención! Es mi naturaleza el picar y cuando se me viene la compulsión no puedo contenerme…glub…glub…glub… La iguana saltó desde la rama, nadó y agarró a la tortuga por el caparazón y la salvó de las aguas.

Una vez en tierra firme le dijo: –Mira, tortuga tonta, aprende a no ser tan ingenua y déjate de estar creyendo todo lo que te dicen los demás. Ten siempre presente que el instinto es más fuerte que la razón.