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Un maestro de un instituto para adultos quería dar una lección a sus alumnos. Muchos de ellos no tenían tiempo suficiente para estudiar porque alternaban las clases con su trabajo y tenían bastantes problemas. El dinero no les alcanzaba. Algunos estaban casados, tenían hijos y se sentían desbordados por las responsabilidades. Entonces el maestro decidió darles a conocer la fábula de las piedras.

Algunos de los estudiantes no querían ni siquiera escucharlo. Les parecía, en cierto modo, una pérdida de tiempo. Estaban más interesados en avanzar en la asignatura que escuchar la fábula de las piedras. Al fin y al cabo eran adultos y no necesitaban que nadie intentara enseñarles cómo vivir.

Pese a la resistencia de los estudiantes, y precisamente por esta, el maestro insistió en impartir la lección del día. Lo que hizo entonces fue sacar un frasco de vidrio y ponerlo sobre la mesa. Después, sacó de debajo del escritorio un grupo de piedras grandes y las puso cerca del frasco. Luego les preguntó a los alumnos si pensaban que con esas piedras quedaría lleno el frasco.

Los estudiantes comenzaron a hacer conjeturas. Cada uno hacía una estimación de la cantidad de piedras que cabían dentro del frasco y decidía si sería capaz de llenarlo. Al final, casi todos estaban de acuerdo en que, efectivamente, las piedras eran lo suficientemente grandes como para llenar la cavidad. Así comenzaba el experimento de la fábula de las piedras.

El maestro introdujo las piedras, una a una. Al terminar, llegaban hasta la boca del frasco. Preguntó entonces a los alumnos: “¿Está lleno el frasco?” Casi todos respondieron que sí. Entonces el maestro, sacó de debajo del escritorio un pequeño bulto que contenía piedras más pequeñas. Les preguntó si era posible que esas rocas tuvieran lugar dentro del frasco. Los alumnos lo pensaron un poco y respondieron que sí.

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El maestro las vertió poco a poco, hasta que el saco quedó desocupado. Otra vez interrogó a sus estudiantes: “¿Está lleno el frasco?” Los alumnos miraron en detalle. Después de comprobar que ya no había lugar para nada más, respondieron que sí, que ya estaba todo colmado.

Pese a que todos pensaban que era imposible introducir algo más en aquel frasco, nuevamente el maestro los desconcertó. En esta oportunidad sacó una bolsa. En ella había arena. Esta vez en silencio, comenzó a echarla en el frasco. Para sorpresa de todos, el mineral se abrió camino entre el contenido del recipiente. Los estudiantes no habían tenido en cuenta que entre piedra y piedra siempre queda un pequeño vacío.

Por cuarta vez el maestro volvió a preguntar: “¿Está lleno el frasco?” Esta vez sin dudarlo, los estudiantes respondieron que sí. Era imposible introducir algo más en él. Los pocos espacios que quedaban ya habían sido ocupados por la arena.

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El maestro cogió una jarra llena de agua y comenzó a verterla sobre el frasco, que ya estaba lleno de piedras grandes, pequeñas y de arena. El contenido no se rebosaba. Eso quería decir que aún había lugar para el agua, a pesar de que todo se veía atiborrado. La arena se fue mojando y buena parte del líquido entró. Cuando terminó, el maestro preguntó: “¿Qué han aprendido de esto?”.

Cuando el maestro hizo la pregunta, uno de los estudiantes se animó rápidamente a responder: “Lo que nos enseña esta fábula de las piedras es que no importa cuántas cosas tengas en tu agenda. Siempre habrá un lugar para poner algo más allí. Todo es cuestión de organizarlo”.